Por Ricardo Tello

  • Mírele, mírele, es el gringobill; buen piloto.

Giro mi cabeza hacia el borde de la piscina en el hotel Siga la Vaca, cerca de Cali, Colombia, y miro a un solitario, diminuto hombre con un setentero cabello cano, brazos fornidos, mirada extraviada y un poderoso puño diestro que sostiene una botella de cerveza a medio acabar. A medio comenzar.

  • Siempre es así, termina de volar y aterriza por una biela; arrecho!! – dice José Barrera, el instructor que me introdujo en este mundo del vuelo en parapente y que en ese entonces, mediados del 2016, me guiaba por las competencias regionales del cross country. Bill Houdson permanecía inmóvil; yo puse distancias mientras pensaba en el imperio y los imperialistas. Pero para el año siguiente, tras compartir horas y días de vuelo con Bill y una gran bandada de pilotos ecuatorianos, concluía que –hermosa historia de amor de por medio- este gringo viejo era más ecuatoriano que el arroz con guata y tallarín.

La generosidad se le desbordaba por el pecho. Me inspiraba porque me llevaba con una década, lo que equivalía a diez años más de expectativa para vuelos personales. Generoso e inspirador, cumplía perfectamente su rol: cuando comentaba tu forma de despegar, cuando te compartía un consejo, cuando subía a sus redes fotografías encaramado en una moto rutera con su vela a la espalda. “Es la vida que sueño”, me repetía. Y generoso me inspiraba.

Lo concebí solitario. Pero era más bien disciplinado: llegar al despegue, alistar el equipo línea a línea; introducir la tarea; atarse a la vela; despegar primero. Todo en un silencio interrumpido muy pocas veces para una broma. Una autobroma. Una ironía. Una mirada al infinito.

Si el rescate era tumultuoso, prefería descender y buscar una línea urbana de bus. En lo práctico, era norteamericano hasta la médula.

Cuando no estaba de vuelo, estaba de vuelo: volar era el oxígeno para sus pulmones, y fue a quien por primera vez escuché referirse a los “matripuntos” como la estrategia para ser feliz. Con la esposa y con la vela.

Encontrar a Bill en una competencia era tan común como las nubes al cielo. Hizo de Quito y los quiteños su bandada de verano. Hizo de sus amigos una bandada.

En una ocasión nos encontramos, solitarios, en un lugar al que solamente se puede llegar girando termas, acariciando vida y muerte. Una tarea cuyo primer paso era sobrevolar sobre Bastión Popular, en Guayaquil. De su carenado sobresalía apenas su cabeza y un par de brazos que parecían accionados con resortes en vuelo activo. Detrás de su visor me miró; sin inmutarse siguió girando como si estuviera sólo en el Universo. Inició su transición y desapareció tal como llegó: concentrado al 100 por ciento.

El día que logré cubrir mi primer gol en una competencia  oficial, de regreso al hotel sede, recogimos a Bill. Escuchaba mi historia medio sonreído. Pidió al chofer que se detenga en una tienda y me invitó una cerveza; luego otra, y una tercera. Las cervezas más heladas, más deliciosas y más amigables que me ha dado el deporte del vuelo libre. Hablamos de la experiencia, y mi felicidad era la suya. Así era su generosidad.

Este cinco de junio de 2019, mientras llegaba a la Universidad en la que laboro como docente, el rostro de barba y cabello canos se me cruzó por la mente. Lo recordé con su camiseta del torneo aquel en el que lo conocí. No me fue extraño el episodio sino hasta que retorne por la noche a mi hogar y me enteré de su inútil muerte. Otra enseñanza más, la última, del viejo Gringo Bill, Bill Green (como dice su nickname en Feisbuc).

Así, Bill Green go home. Se despachó pal cielo.

Y los que estamos aún en tierra por tirar con firmeza de las bandas A, le damos un breve adiós. Un hasta luego mejor dicho.

Todos aterrizaremos en ese mismo gol. Y haremos matripuntos, y beberemos cerveza, y repasaremos mil veces esa sacada del piso, y ya nunca más aterrizaremos en este suelo donde se estrellan, a veces, los más lindos sueños.